miércoles, 4 de mayo de 2016

Así comenzamos desde Thornfield



Sé lo tardío que puede resultar esta reseña, por lo general me cuesta cumplir con los plazos en todo orden de cosas. Sin embargo, debo aclarar que la tardanza se aplica sólo en términos de publicación, pues el desafío asumido en la lectura conjunta que propuso Carmen lo realicé a su tiempo. Con dudas de cómo abarcar la novela para realizar esta entrada, decanté por la manera realizada con otros libros: dejar un extracto y comentar alguna que otra impresión. Vamos a ver cómo queda.

Jane Eyre 

“—Un momento, Jane —dijo—; imagínate sólo por un momento lo que va a ser de mí sin ti, qué vida tan horrible. Cuando te vayas, te llevarás contigo toda mi posibilidad de dicha. ¿Qué me queda? La loca de ahí arriba, que es como si me otorgaras por esposa a una momia del cementerio. ¿Qué será de mí, Jane? ¿Dónde voy a buscar un poco de compañía o un rayo de esperanza? 

—Haga como yo, señor. Confíe en Dios y en usted mismo. Piense en el cielo, y alimente la esperanza de que allí nos volveremos a encontrar. 

—O sea, que no estás dispuesta a ceder. 

—No. 

—…Y que me condenas a vivir cual alma en pena y a morir empecatado. 

—Le aconsejo que huya del pecado, y le deseo que muera en paz consigo mismo. 

—Pero ¿cómo, si me privas del amor y me arrancas la buena fe? ¿No comprendes que me estás destinando por toda salida a la promiscuidad y al vicio? 

—Señor Rochester, ni le condeno a tal destino, ni lo deseo tampoco para mí. Tanto usted como yo hemos nacido para luchar y para resistir; hagámoslo. Me olvidará antes que yo a usted. 

—Al decir eso, Jane, me dejas por embustero y me llenas de oprobio. Te juré que no cambiaría y tú me hechas en cara que no tardaré en cambiar. El error y perversidad de tus juicios se refleja en tu propia conducta. ¿Es que te parece más beneficioso empujar a la desesperación a un semejante que transgredir una convención simplemente humana, que a nadie perjudica? Tú no tienes amigos ni parientes a quien pueda ofender que te vengas a vivir conmigo”.

Jane Eyre, que desde una perspectiva muy personal no sólo es la más popular de las novelas escritas por Charlotte Brontë, sino que además constituye una de las mejores que tiene a su haber esta escritora inglesa (bueno… la mejor de las tres que he conseguido leer); y es que la vida de su protagonista, narrada en primera persona, desde sus primeras páginas abre una puerta a la curiosidad que comienza a saciarse de poco. 

Jane, es una niña huérfana a la que su tío, hermano de su madre, decide cuidar, pero a la que el destino depara algo distinto al quedar a cargo de la viuda de éste tras su fallecimiento. Mrs. Reed, muestra un gran resentimiento hasta el punto de hacer grandes diferencias de trato entre sus hijos y Jane, también al atribuir maldad a todo lo que hace y dice su sobrina con cualidades ajenas a la niñez. Y puede que en esto último tenga razón, pues en la personalidad de Jane se atisba una mezcla de rebeldía y madurez representada en la franqueza de sus palabras; las que finalmente la alejan de Gateshead Hall. 

El peregrinaje en la vida de Jane comienza con su llegada a Lowood, internado en que su tía decide alejarla de todo afecto posible. La vida allí es dura, con una disciplina que no admite recompensa para las niñas, más que la esperanza de algún día valerse por sí solas. En este lugar es donde Jane conoce a dos personas que marcan su andar significativamente. La primera es Helen Burns, una niña un tanto mayor que Jane y cuya resignación, incluso frente a la muerte, inquieta su espíritu; la segunda es miss Temple, profesora del internado en cuyo apoyo y amistad encuentra algo parecido a una madre. 

La vida de Jane Eyre se ve enfrentada a cambios constantes y tras la partida de miss Temple, producto de haber contraído matrimonio, el espíritu de Jane, que parecía dormido por su influencia y el recuerdo de Helen, vuelve a despertar. Buscando nuevos horizontes tras anunciarse como institutriz llega a Thornfield, donde alcanza independencia e individualidad, la presencia inesperada del dueño de la mansión, Mr. Rochester, marca otra etapa en la vida de Jane. 

Es en Thornfield, con Mr. Rochester, poseedor de un enigmático carácter y quien guarda celosamente una parte de su pasado, donde Jane se encuentra a gusto. Sin embargo, es el descubrimiento de ese pasado el que la aleja de manera firme e irremediable de Thornfield. 

No teniendo por deseo arruinar el descubrimiento de aquellos que aún no han leído Jane Eyre, y temiendo haberme extendido demasiado ya, sólo agregaré que en la novela se muestran los cambios de escenarios como cambios en la vida de su protagonista: ¿es por lo tanto la misma Jane Eyre quién representa el crecimiento, la firmeza a las convicciones y lo aprendido en la vida? Yo creo que sí, pero no se debe obviar que esto se refleja de manera natural, sin ningún fingimiento, lo que torna más interesante su lectura y el halo de misterio que la cubre.        

viernes, 29 de abril de 2016

Diario de una Dama Austeniana

Hola, ¿cómo les ha ido? Confío en que bien. Hace bastante ansiaba continuar con la historia de Catalina, así que hice un tiempo y adecuando el relato a una forma aceptable dejo un día más en la vida de esta chica que de pronto fue transportada a vivir en otro tiempo.

Saludos y que tengan un buen "¿Qué es eso?" como diría Violet, de Downton Abbey; un buen fin de semana. 



                02 de agosto

La inestabilidad de ayer pasó. Junto con los recuerdos, la dejé atrás. Sentarme a esperar es una costumbre que nunca he tenido y no existe razón, tiempo o lugar que me excuse para iniciar ahora. Y si debo reconocer la incertidumbre de mis días, antes del desayuno decidí tomar yo las riendas y me aventuré a dar un paseo sin avisar a nadie.

En un principio, la lentitud con que suele avanzar el tiempo en este lugar me sosegó; tomando el camino por uno de los costados de la casa me conduje con paso lento por una arboleda, dejando que el rocío de la mañana me cubriera con su frescura al tiempo que me permitía disfrutar de la mezcla entregada cuando logra fundirse con el resto de la naturaleza: el olor de la tierra húmeda y la hierba, flores a punto de abrir y los tímidos movimientos con los cuales el mundo comenzaba, nuevamente, a conectarse. En definitiva un conjunto no desconocido, pero sí poco apreciado, por lo menos de mi parte. Disfrutando cada detalle, sin conciencia de las distancias, conseguí alejarme a tal punto que perdí de vista la casa de mi supuesta tía. Más tarde, sin tener idea en cómo regresar, descubrí la capacidad que posee el mundo para volver más y más grande la desesperación de cualquier humano que se piensa perdido. En la ciudad, el problema se hubiera resuelto preguntando, incluso, a una persona con escasa tendencia a la comunicación que, después de varios segundos, buscando en su memoria y quitando la desconfianza que prima en estos días, mostrara la amabilidad de señalar algún camino por el cual conducirme. Por fortuna, casi al instante en que me daba por vencida, apareció un hombre lo bastante confiable a quien preguntar por el camino de regreso. Parecía sorprendido de encontrarme allí, no sé si fue mi desesperada solicitud por ayuda que nubló su rostro un instante o el desconcierto de encontrar a una mujer sola a esa hora del día, como lo hizo notar al llegar a casa de las Allen.


Omitir la tensión que se produjo con nuestra llegada no fue difícil tras conocer el suceso particular e inexplicable de que el señor Scott es hermano de Mrs. Norris. Más allá de la sorpresa inicial que lleven distintos apellidos (asunto que zanjé con la cultura, al recordar la renuncia que hacen las mujeres al casarse), resulta extraño ver a dos personas tan disímiles tratarse con afecto.

No cabe duda que la imposición de la señora Allen alcanza también a su hermano. El pobre hombre, después de una mañana de incesables reclamos por no avisar de inmediato su regreso de Londres, se alejó todo lo presuroso que le fue permitido. 
Me gustaría considerar la opinión de la comunidad de Meryton para describir con su habitual vehemencia a Matthew Scott. Después de todo, para ellos, no debe existir una explicación coherente para que un hombre con fortuna se encuentre soltero.  

lunes, 1 de febrero de 2016

Para iniciar: Lectura conjunta


Para el resto del verano había planeado aprovechar bien el tiempo leyendo a Charlotte Brontë; con ese fin conseguí reunir tres libros: “Jane Eyre”, “Villette” y “El profesor”. Lo cierto es que “Jane Eyre”, lo leí en formato digital y no sé ustedes, pero me es más fascinante tenerlos en papel, así que, alrededor de un año atrás, lo compré; sin embargo, no hice el espacio que se merecía para una relectura y ahora… Ahora tengo la oportunidad de hacerlo al encontrar en el blog de Carmen una interesante propuesta que pueden encontrar aquí.

La lectura conjunta: “De Thornfield a Manderley”, es todo un desafío que he tomado con agrado, pues no solo me permitirá cumplir con el propósito inicial. A esta altura, les advierto, no es posible unirse a la lectura de manera formal, pues se cerraba el 31 de enero.

Lo anterior no quiere decir que desista en el plan, leeré los libros mencionados. No podría despedirme sin indicar que la actividad preparada por Carmen, es el aliciente justo para comenzar. Ciertamente algunas coincidencias resultan favorables en la vida, ¿no lo creen?    

Nos leemos pronto, cariños.
  

domingo, 2 de agosto de 2015

Diario de una Dama Austeniana



¡Hola! Espero se encuentren bien y para quien no lo esté tanto ¡arriba ese ánimo!, recuerden que, a pesar de todo, la vida sigue y, con cada nuevo despertar existe un pequeño regalo, no importando si el día es gris. 

Dejo una nueva anotación del diario, es breve. Pero se darán cuenta que descubre en parte al personaje, bueno en la entrada anterior nos enteramos del nombre.

¡Qué tangan un lindo día, tarde o noche!
Viernes, 01 de agosto

Hoy, es un día espacialmente nostálgico. Pasé gran parte de la noche pensando en Isabel. Sé lo lejos que estoy de casa, y no me refiero en especifico a la distancia geográfica sino a la temporal, que por estos días es infranqueable.

Cuando éramos niñas con mi hermana adoptamos la traducción inglesa común a nuestros nombres; ella pasó a llamarse Elizabeth, y yo, Catherine. Además, no existió quién nos hiciese desechar la idea de ser gemelas. Después de todo, el llevarnos por dos años no fue excusa suficiente para nosotras; teníamos la misma estatura y nadie podía negar el parecido. Así, luego de una discusión matemática bastante agitada con nuestros padres, ellos no pudieron negarse a que diéramos una fecha para nuestro nacimiento en conjunto, el primer día de agosto.

Los teléfonos siempre me resultaron molestos por considerarlos un enemigo de la libertad que buscaba, sin embargo… cuánto extraño ese pequeño aparato que, en la magia de mis días normales, me negaba a contestar. Resulta extraño despertar sin entusiasmo este día, recordando cosas que hace mucho deseaba entregar al olvido. Isabel, nunca dejó morir la fantasía infantil que nos unió por años; y esta mañana, sabiendo lo imposible de mi anhelo, es su voz lo primero que deseaba oír.
 

lunes, 20 de julio de 2015

Diario de una Dama Austeniana

¡Hola! ¿Cómo va la vida? No quiero que suenen vacías estas palabras de tanto repetirlas, pero... espero se encuentren bien. 

En esta latitud el frío ha comenzado a ganar terreno y es que confieso: el otoño pasó imperceptible y el saltarse una estación, por lo menos en cuanto a temperatura se refiere, no aporta nada en lo psicológico. Así que podrán imaginar mi sufrimiento de quejumbrosa y amante de los días soleados y demás. 

Acabando con el cotilleo, les dejo una anotación del diario que se está publicando en el blog.

Saludos, y recuerden que a pesar de todo; frío incluido... ¡Hoy, puede ser un gran día!   



Jueves, 31 de julio

Tratar con Anne es una tarea que requerirá de tiempo, algo con lo que no tengo idea si podré contar. Es una mujer complicada como su madre, aunque con mejor corazón. Esta mañana, al regresar del paseo que es costumbre dar después del desayuno, observó que el frío me tenía inquieta; desde niña guardo la manía de dar vueltas de un lado a otro para entrar en calor, y sin importar los apuros que ha ocasionado en mi vida, por lo general, cedo a ella. Así, luego de un sonido extraño que produjo al golpear su zapato contra el piso a modo de protesta, comenzó a dar órdenes; lo primero que hizo fue pedir té en contra de la opinión de Mrs. Norris, puesto que era una hora totalmente inapropiada, según comentó la criada; cubrió mi espalda entregándome el chal que llevaba y, me llamó Kitty (diminutivo de mi nombre que hasta hoy solamente ha utilizado Isabel).


La asertividad, es una capacidad con la cual he podido atribuir ciertos actos a ciertas personas, pero con Anne es distinto. Después de actuar solícitamente, su actitud de indiferencia volvió a presentarse; como si ella nada hubiera aportado a los cambios que se produjeron en la casa; ni la actitud poco amable de la criada ni los comentarios de reproche que hizo la señora Allen por el retraso que sufriría el almuerzo, lograron que ella se afectara. Por mi parte, sentí la responsabilidad de cargar con la culpa de ambas; en consecuencia, me limité a guardar silencio y a mostrar la mayor deferencia que he podido hacia la dueña de la casa llamándola Mrs. Norris solo una o dos veces esta jornada.


miércoles, 13 de mayo de 2015

Diario de una Dama Austeniana

¡Hola! ¿Cómo han estado? Sería una alegría saber que todo va como ustedes esperan.

Como se habrán dado cuenta hace mucho que no publicaba nada. Quisiera prometer tantas cosas sobre la periodicidad de las entradas, pero no estoy en capacidad de cumplir. Así que bueno, dejo lo siguiente; espero que les guste y si quieren comentar, agradezco mucho su tiempo, cariño y consejos.


Miércoles, 30 de julio
        
Las noches se han convertido en un refugio y, es paradójico considerando que unos días atrás no tenía sosiego en ellas. La tranquilidad que proporcionan al ajetreo del día me ayuda a pensar y aunque no pueda sacar nada en limpio, por lo menos, contribuyen a determinar el curso de mis acciones para el día siguiente.

Como hasta ahora no me he atrevido a traspasar los lindes de esta propiedad, solo conozco los alrededores de la casa y el camino hasta la iglesia. El lugar posee el encanto que se ve en las películas. En su  entorno, el verde se levanta como una muralla impenetrable de árboles que lo cubre todo; la casa con paredes de incansable altura ha comenzado a ser adornada con los dispersos brotes de flores que surgen en las enredaderas. El dominante gris exterior de la estructura contrasta de manera poderosa con la calidez de cada rincón que he podido conocer. No sé dónde está la magia, quizás se encuentra en la disposición de las habitaciones o en los muebles que aquí son iguales a los que anhelé tener desde niña.         

Creo que de no tener registrados los sucesos de estos últimos días, me consideraría víctima del delirio o lisa y llanamente de una brujería. El vivir en esta casa no sería una verdadera tortura si la gobernanta (palabra curiosa con la que he logrado definir el poderío que una mujer puede alcanzar en el hogar), no me considerara su peor enemiga. No niego lo extraño que suena al escribirlo, porque si la memoria no me falla… solo llevo aquí tres días.

Antes que llegase la modista a realizar la prueba con los vestidos que mandaron confeccionar para mí, solicité a Cassandra que me contara todo lo que sabe de mí. Por la expresión reflejada en su rosto le costó entender que hablaba en serio cuando le pedí información precisa. Hasta el momento es la única persona con la he logrado establecer un poco de cercanía. Con Anne, su hermana, sucede algo extraño. No sé la proporción exacta que pueda atribuir de su comportamiento a la timidez, parece ser una chica solitaria y siempre enfadada. A la hora que nos conducíamos a realizar nuestra labor, le oí decir que ése era el momento solemne en que las mujeres de cualquier casa respetable de Inglaterra hacían algo para justificar su existencia. Atraída por el sarcasmo de su comentario me decidí a observarla. La serenidad de sus movimientos debe guardar poca relación con la tempestad que, sin duda, existe en su interior. Esta tarde, al fijar su vista en la ventana, me dio la impresión que veía un mundo distinto al pequeño jardín que, en la actualidad, se encuentra floreciente; si continúo aquí trataré de entablar amistad con ella.

La convicción de Cassandra al hablar de mi vida me obliga a pensar en la ingenuidad humana. En su versión, la primera vez que me vio y supo de mi existencia, fue el domingo recién pasado, cuando su madre les pidió que me despertaran y les contó la razón por la que se veía obligada a cuidarme. Lo que hizo en un principio, no fue más que repetir lo que ya sabíamos las dos; más tarde agregó la forma especial en que yo debí de arribar a la casa, ya que nadie, excepto su madre, tenía conocimiento de mi llegada la noche anterior. Lo qué no sabía precisar era si el hecho se produjo la noche del sábado o la madrugada del domingo. Me inquietó que ella diera importancia a un asunto que no lo merecía y que de su cabeza se alejara toda posibilidad de entendimiento racional. Al parecer la señora Allen tiene todo controlado, incluso, el pensamiento de sus hijas.

Espero que Mrs. Norris, apodo que he decidido darle a la gran señora, no me haga sufrir como lo hizo la original con Fanny. Por ahora, el hacerme guardar silencio cuando ve que mis ideas se escapan a su control, se está volviendo común (algo que por aquí parece cobrar vida es a lo que mi hermana siempre hacía referencia: que lo común terminara por aceptarse). Espero que no se atreva a poner obstáculos a mi comportamiento frente a personas ajenas a la casa. No podría soportar una situación de esa naturaleza y, por el momento, al no conocer a nadie más, no estoy en condiciones para un ataque de orgullo, dignidad o como me atreva a llamarle dada la ocasión.  

Mientras que en casa, el invierno, hace poco más de treinta días reclamó su territorio, aquí el verano, comienza a vivirse en pleno. Y por conocido e insignificante que sea el recordar que las estaciones se dan de forma inversa en cada polo, preciso escribirlo para no olvidar de donde vengo.

Pasando a un tema frívolo, el vestuario va muy bien. No sabía lo bello que podía lucir el blanco más que en las novias. “Acá es cotidiano ver a las damas utilizando ése color en las reuniones importantes” (dato entregado por la modista, luego de ver mi cara de horror cuando sacó uno de los vestidos). Los accesorios como los sombreros y esas cosas los he debido adornar yo misma. Hace tres días no tenía idea de cómo tomar una aguja y ahora la manejo con mediana maestría, y, aunque nunca supe combinar colores por ser el patito feo en todas partes, al parecer aquí no lo hago tan mal; bueno, es cierto que he recibido bastante ayuda. Siento algo de alegría al saber que en otra época, por lo menos, en la moda no me quedo atrás.   



domingo, 12 de octubre de 2014

Corrigiendo mis pasos




Con el firme propósito de mejorar la historia que había comenzado a publicar en forma de diario la lleve al taller literario al que me incorporé en la transición del otoño. Confieso que, tras su publicación en el blog, mejoré algunos pasajes; con la extensión del texto no solo busqué acoplarme a la exigencia de presentarla a mis compañeros que llevan un  largo camino recorrido, porque también el deseo de entregar algunos detalles se hizo presente.

Finalmente, luego de acoger algunas de las opiniones, quiero compartir el resultado. Espero que con todo lo realizado la esencia del texto se vea fortalecida. Y como la entrada anterior no se eliminará podrán comparar ambas, si en alguna oportunidad desean hacerlo (verán lo tozuda que puedo ser a veces).

Aprovecharé esta instancia, además, para agradecer a Laura Peñafiel Manzanares por su constante preocupación: Lilian, la mejor forma que he encontrado para hacerlo es dedicándote la historia.     


“La vida puede resultar tremendamente difícil cuando se ha esperado vivir en otra época. A diferencia de muchos personajes a quienes la historia ha clasificado como adelantados para su tiempo, al parecer, yo nací tardíamente”.

No sé qué tan cierta puede resultar esta afirmación: en primer lugar, porque estoy muy lejos de ser un personaje que sea tomado en cuenta por la historia, aunque esté próxima a convertirme en uno, gracias a la inventiva de una mente con grandes fallas. Otra excusa y no menos válida me la entrega la razón: en un período donde todo está al alcance de la mano; donde no se debe esperar días para obtener la respuesta de un mensaje; o, donde las distancias, por lo general, no representan un problema debe ser difícil adaptarse a otra época  renunciando al presente una vez experimentadas las ventajas que nos ofrece.

Sin embargo, como la imaginación entrega grandes satisfacciones, me dispongo a cambiar de vida. El escenario no lo tengo claro, supongo que dejaré a Jane guiarme por sendas desconocidas, encender luces en pasajes poco claros de mi memoria, alegrar por un instante mis días. Le permitiré llenarme de sueños donde la realidad y la ficción puedan darse cita; claro, sin un conocimiento general de ellas.


Para Lilian, una gran escritora y amiga

Domingo, 27 de julio

Mi despertar ha sido sumamente extraño. En voces ajenas y a la distancia escuchaba mi nombre repetirse sin parar.

Las imágenes, que en un principio relacionaba con sueños poco claros, comenzaron a ser tan recurrentes y nítidas que llegué a pensar en la posibilidad de estar viviendo una vida anterior a la mía. Porque todo lo que experimentaba me parecía real, convincente y, a veces, hasta doloroso. Antes de abrir mis ojos esta mañana (en días precedentes apenas podía funcionar) ya no era capaz de levantarme a las seis como tenía por costumbre. Mis noches se convirtieron en un día más, transité por lugares que, hasta entonces, no conocía. Relacionándome con personas a las que mi conciencia no establecía como reales ni cercanas.

Tras varios sucesos de similares características, decidí dejar un registro de lo que ocurría cada vez que era llevada de manera irregular a otros escenarios. Comencé, los últimos tres días, con anotaciones en una libreta cuando despertaba.

A pesar del corto tiempo que logré rescatar parte de mis historias nocturnas me di cuenta que llevaban cierta cronología, que no eran hechos apartados o distantes entre sí, como imaginé en un principio. Aún no logro descifrar si fue el cansancio o la ansiedad quien motivó la decisión de no conformarme con solo una parte de los recuerdos; deseaba saber todo, rescatar hasta el último detalle de mis propios sueños. Adopté una idea que pasó fugazmente por mi cabeza: si sentía cansancio de vivir mis sueños en cierta medida se debía a que era llevada a un plano físico, así que podría, aparte de mi propia persona, llevar un elemento que me sirviera para registrarlos. Lo que llevara conmigo a esos viajes tendría que ser algo que pudiera tener a mano, fácil de transportar, y de ocultar a otros. Entre varios objetos un cuaderno se presentó ante mí como una opción cómoda y segura. Con sorpresa he descubierto que mi elección ha sido acertada, no he perdido el cuaderno; y ahora, al encontrarme sola, me dispongo a redactar parte de lo vivido.

En el transcurso de la mañana nadie parecía sorprendido por mi presencia; es más, me atrevería a pensar que llevan un tiempo tratando conmigo, no solo porque me esperaban para comenzar a desayunar, tal como lo indicó una de las muchachas que fue a despertarme, mientras la otra dejaba sobre la cama el vestido que me he visto obligada a llevar gran parte del día. Confieso que no representó dificultad alguna el vestirme. Di utilidad a casi todo lo que dejaron. Con lo que no pude lidiar fue con mi cabello, opté por trenzar la mitad superior y dejar suelto el resto. Durante el desayuno se dio la orden, a una de mis compañeras, que debía recoger mi cabello por completo; la decisión se justificaba por lo inconveniente que sería para todas las mujeres de la familia si por capricho llegaba a presentarme así en la iglesia.

Quizás, exagere pero… el saber que debía acudir a la iglesia fue como un castigo para mí. Aún me cuesta trabajo imaginar la cara que puse cuando se terminó el juicio en mi contra, desde muy pequeña había decidido cortar todo lazo con la religión. Hace mucho tiempo posicioné a Dios un eslabón más arriba que a nuestras explicaciones humanas. Significa más que sentarse un domingo a escuchar a una persona que, a su vez, trata de hacer calzar sus ideas con las de Dios. Él es quien es, y no requiere de explicaciones ni siquiera que nosotros aceptemos su existencia.

Más tarde me enteré que mi actitud no pasó desapercibida, pues Cassandra, como tuve ocasión de saber que se llamaba mi prima (a todo esto tengo una familia en el 1800) me dijo que su madre era bastante estricta y que no dejaba ningún detalle al azar. Expresó su entera conformidad frente a mi actitud, puesto que consideraba cualquier punto de desencuentro con su madre un triunfo; no importaba la persona ni la situación o el momento en que sucediera, solo debía pasar.

Aún no sé qué será de mí. Cassandra, fue bastante amable al ponerme al tanto de mi situación. Por lo que tengo entendido mi paso por esta casa se debe a la prolongada enfermedad de mi padre. Al perecer, formo parte de la rama familiar caída en desgracia; por lo que mi tía, amablemente, ha decidido encargarse de mí. Lo preocupante de esto es que ni teniendo al lado a mi padre, me refiero al de esta época, lo reconocería.

Con respecto al servicio religioso, no puedo quejarme. Me pareció muy divertido que fuésemos a la iglesia de una rectoría ubicada en Hunsford; ¡sí, imaginé que podría ser la misma del señor Collins!, uno de esos personajes detestables, aunque necesario. Pero como dije: no me quejo. Debo confesar que, por absurdo que parezca, esperé en todo momento la aparición de Lady Catherine de Bourgh; anhelé que nos honrara con su presencia y nos dirigiera con su toque natural e impertinente.

Las personas parecen amables, han logrado que no me sienta fuera de lugar. Mis primas tratan de conducirme lo mejor que pueden. Antes de entrar a la iglesia imité su comportamiento, en mi opinión lo hice a la perfección. El lenguaje y las formas en esta sociedad no me resultan ajenos; se me dan bastante bien.

Este día he llegado a dos conclusiones importantes: la primera, es que debo considerar la discreción como una aliada. Durante estas horas he podido darme cuenta de la atención que ponen a cada palabra; es como si esperaran que de algo tan simple como un monosílabo pudiese salir algo distinto a un no o a un sí.

Y la segunda, es preocupante, pues he debido comenzar a  familiarizarme con la locura, pues no existe otra razón para recordar a personajes tan odiosos en una situación como la mía.